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Domingo 19 de
febrero de 2006
La cruzada del chileno que encontró a
los enormes cetáceos en El Golfo de Corcovado:
El señor de las ballenas azules
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El animal más grande
que haya habitado la tierra está en Chile. Al sur de la isla de Chiloé, cientos de ballenas azules pueden ser avistadas
cerca de la costa. Investigadores chilenos encabezados por el biólogo marino
Rodrigo Hucke se ocupa de encontrarlas y averiguar
por qué están ahí. Su aspiración es que el lugar sea declarado Zona Protegida.
GABRIEL PARDO,
Desde el Golfo de
Corcovado, Región de Aisén.
Es casi necesario guardar silencio.
Dejar el motor de la pequeña lancha apagado. Como si uno no estuviera realmente
ahí, en medio de las aguas del Golfo de Corcovado, al sur de la isla de Chiloé, bajo la lluvia, respirando el aire frío,
rodeado a lo lejos de islotes inhabitados.
También es preciso
esperar con atención y mirar hacia todos lados.
Hasta que ocurre.
De pronto, a corta
distancia, una sorprendente columna de agua de ocho metros sobresale en medio
del mar. Es el "soplo". Es la señal. La misma que uno vio en películas y leyó
en libros. Pero esta vez la historia es real y, más que nunca, increíble.
Una ballena azul,
el animal más grande que haya habitado la Tierra, está cerca.
El bote se pone en
marcha muy despacio, sin estridencias, y va a su encuentro.
Entonces, ese
mamífero que mide 30 metros, que puede pesar hasta 100 toneladas, que es capaz
de comer ocho mil kilos de krill al día, comienza a
emerger mostrando parte de su inmenso cuerpo. Con un sólo golpe de su aleta
podría hacer zozobrar la lancha que no supera los 7 metros y, sin embargo,
flota pacíficamente alrededor. Como si supiera que nadie quiere hacerle daño.
Se muestra. Se hunde. Pasa por debajo de la lancha sin tocarla. Vuelve a
emerger. Hasta que se consume definitivamente, no sin antes dar a conocer su
gigantesca aleta.
La aparición no
sólo es un espectáculo, sino una situación excepcional si se piensa que la
especie estuvo al borde de extinguirse tras el exterminio de la industria
ballenera durante los siglos XIX y XX, que redujo su población a menos de un 3%
del número original.
Sólo en 1966 se
instauró la prohibición de su caza y hoy pocos miles de especímenes
de ballena azul sobreviven en todo el mundo. Parte de ellas están actualmente
en las costas de Chile.
En la lancha,
llamada "Musculus", quien comanda las acciones es el
joven doctor en biología marina y director del Centro Ballena Azul, Rodrigo Hucke (30). Como si fuera primera vez que avista un
cetáceo, no para de sonreír y tomar fotografías.
Unos veinte años
han pasado desde que vio en una revista National Geographic de su abuela una imagen que cambiaría su vida:
era la foto de un grupo de científicos que, en una pequeña embarcación,
divisaba una gigantesca ballena azul. "Eso quiero hacer", dijo en silencio el
pequeño Rodrigo. Y lo logró.
Hoy, Hucke estudia, vive y sueña con los cetáceos. Es él quien
apostó que podría encontrarlos, contra todos los pronósticos, en el Golfo de
Corcovado hace tres años. No sin antes hacer recorridos de investigación con la
Comisión Ballenera Internacional a lo largo de la costa de Chile, en 1997,
donde se lograron avistar 47 ejemplares.
Pero sólo en 2003
inició recorridos aéreos en el sector buscando detectarlas. El 14 de febrero de
ese año, día de los enamorados, vio la primera ballena azul en el Golfo. Luego
otra y otra. Para el mundo fue un sorprendente hallazgo que se divulgó con
rapidez entre la comunidad científica internacional. Para él, una especie de
amor a primera vista. Después vendría la fidelidad absoluta.
Zona protegida
Actualmente, su
centro de operaciones estival está en el poblado de Melinca,
la capital de la comuna de Guaitecas en la Región de Aisén, en una isla donde viven unos 1.600 habitantes. Ahí
apenas hay luz eléctrica entre las 7 de la tarde y la 1 de la mañana y sólo se
puede llegar en una barcaza o arribar en avioneta. La mayoría de los melincanos se dedican a ser buzos mariscadores, pero
actualmente la marea roja tiene a gran parte de ellos sumidos en la cesantía.
En ese lugar,
junto a sus colaboradores, pasan cada verano estudiando a los cetáceos. Y
quieren saberlo todo. Por qué están ahí, de qué se alimentan, cuántos son, de
dónde vienen y adónde van.
Pero lo primero es
identificarlos. Para ello salen cada mañana en lancha a fotografiarlas con el
apoyo de biólogos que se encuentran apostados en el cerro más alto de Melinca. Desde las alturas les dan su ubicación por radio
luego de observar horas y horas con binoculares y teodolitos (instrumentos de
precisión óptica) la aparición de algún animal.
No sólo eso.
Además han monitoreado los desplazamientos de las ballenas con transmisores
satelitales y toman muestras de piel, cuyo ADN es estudiado en EE.UU. para conocer el sexo y el estadio reproductivo en el
que se encuentran.
"Nosotros ya las
reconocemos. Les ponemos hasta nombre. Pero, como son animales altamente
migratorios, no sabemos si se van a Australia o parten al Hemisferio Norte. Por
ahora sabemos que vienen a comer acá porque es una zona rica en nutrientes y en
krill -su principal alimento- pero no sabemos si se
vienen a reproducir. Y todos sabemos que la vida no es sólo comer," cuenta Hucke, enfundado en una polera
con dibujos de cetáceos, mientras toca con sus dedos su collar que imita una
aleta de ballena. Todo un fanático.
Sus
investigaciones hoy tienen el apoyo no sólo de la Universidad Austral -donde
imparte clases-, sino de importantes organizaciones ambientalistas internacionales
como la World Wildlife Foundation
(WWF). Incluso un nutrido equipo de la cadena BBC de Londres se encuentra
actualmente en el pequeño pueblito de Melinca
preparando un extenso y completísimo documental sobre el tema.
Pero la mayor
pretensión aún no está cumplida. Los investigadores buscan lograr que se cree
una zona marina protegida de usos múltiples en el Golfo de Corcovado.
"Acá se encuentran
cachalotes, orcas, ballenas jorobadas, ballenas azules y otras especies que es
importante proteger. Eso sí, el proyecto pretende que exista armonía entre las
actividades productivas, el tránsito de embarcaciones, el turismo y la
conservación del ecosistema", dice Hucke.
Mientras, él y su
equipo siguen saliendo cada mañana en busca de las ballenas y esperan que se
queden, se alimenten, se reproduzcan y sobrevivan.
Gentileza
emol